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La Ciudad sin Tiempo
| PREGUNTO A LA TORRE |
| (a la Torre del Reloj, de Popayán, en su
tricentenario) 1682-1982 |
| Jaime Vejarano Varona |
Origen del Reloj de
La Torre

La batalla geológica librada por las descomunales moles
del Macizo Colombiano, dejó en el terreno montañas truncadas, volcanes y lagos elevados
en las cumbres y como rescoldo una zona de pequeñas ondulaciones que descienden hasta el
Valle del Cauca.
En ella, exactamente en el lugar en donde un ingeniero
renacentista hubiera diseñado una ciudad, se construyó lentamente, torre por torre y
casa por casa, a través de 440 años, la ciudad de Popayán.
Ha sido esencialmente un producto del contorno, formado por una
secuencia de montes en verdes oscuros y brillantes y por un celaje de largos volúmenes,
con todos los grises grequianos y de pronto en súbitas primaveras, atmósferas de un azul
místico y profundo.
Los viajeros que recorren hoy la ruta de Popayán en su
destino a San Agustín, o a los países del sur, reciben algo sorprendidos la primera
visión de aquellas calles, demasiado anchas para una ciudad de corte español y de las
casa flemáticas, cuidadosamente enfalbegadas, que se
diluyen sobre una línea de perspectiva que siempre va a parar a las colinas.

La ciudad ha sido redescubierta por los colombianos y hallada
por el turismo internacional, como un ámbito peculiar y excepcional de América
latina.
Pero no es el lugar para el gran promedio de viajeros que
recorren los paquetes elaborados por las agencias de turismo en busca de recreación,
exitación y placer. Ronda en ella un espíritu contradictorio, desconcertante y apacible.
Sus pobladores son hidalgos pobres que habitan, sin
embargo, casas que guardan riquezas de valor incalculable; es un pueblo tradicional,
por lo tanto atado a los nombres de 17 presidentes de la república y muchas decenas de
poetas, escritores y científicos, pero al mismo tiempo es liberal y bohemio. El trato del
payanés es cordial pero su conversación es la más elaborada, documentada y culta de
Colombia. No obstante su sentido real y casi obsesivo del tiempo histórico, el payanés
en pocos casos consulta el reloj y el calendario, la vida parece transcurrir en otro
siglo, sin los ajetreos de la vida moderna. El mismo clima, un clima agradable y a la vez
tonificante es también contradictorio, pues es demasiado templado para usar
chaqueta y a la vez demasiado frío para no usarla.
Es, seguramente, la única ciudad de Colombia en donde la arquitectura,
que allí forma un marco imponente, no es la huella más o menos conservada de un pasado,
sino que la comunidad que la habita es, precisamente, ese pasado permanentemente
resucitado. Allí no hay reliquias sino viviendas habitadas usadas en todo su
devenir como hogares que se restauran en cada generación, en donde se usan las mismas
bandejas, los mismos platos y copas que supervivieron después del gran terremoto de hace
doscientos veintiocho años.
Es, pues, no una ciudad histórica, sino la historia misma
bullente y premonitoria, representada por un grupo humano que ha guardado capas y pellizas
en los arcones intensamente ornamentados y ha comenzado a usar los bluyines y los slacks
sin darle excesiva importancia al cambio de atuendo. Puede afirmarse que es el triunfo del
espíritu sobre la carne corruptible e indudablemente uno de los pocos lugares de América
donde se vive con verdadera dignidad.

Como casi todas las ciudades de Colombia,
Popayán fue fundada en 1536, entre salvas de mosquetería y descargas cerradas de flechas
y lanzas indígenas, por un hijo de labradores llamado, Sebastián Moyano, que cambió su
apellido por el de Belalcázar. El Capitán , paciente viajero proveniente del imperio de
los Incas, acosado por los indios Páez y Pijaos, a lo largo de su ruta por la
imponente selva americana, tuvo hígados para obsesionarse por una quimera y se lanzó
a los bosques del Oriente a buscar El Dorado. A su regreso, pocos años más tarde,
encontró el poblado aún indemne y se estableció como Adelantado y Gobernador de un
enorme territorio concedido por El Rey, cuyos lindes abarcaban desde el Amazonas hasta
Panamá.
Los colonos llegados desde España, Quito o Lima, debatiéndose
entre emboscadas, batallas campales y fiebre amarilla, encontraron progresiva retribución
en las minas de oro y plata que afloraban desde los territorios del sur tropical hasta las
cercanías del Mar Caribe.
La explotación de la riqueza ha empañado siempre la historia y
en el caso de la gobernación de Popayán, se oscureció bajo la sombra de los
esclavos negros, después de muertos los siervos indígenas.
El oro y la plata, primero desenterrado y aplastado para
convertirlo en ligotes y después en mineral refinado, se despacharon a España , pero
mucho metal se guardó para la ornamentación de templos y casas.
Las crónicas de La Colonia no son parcas en señalar rasgos
acusados de codicia y fiereza en aquella humanidad de emigrantes que se atropellaban sobre
las grandes cementeras, empujando una doliente tropa de gentes encadenadas.
La nueva ciudad fue construida con un nuevo espíritu, con
énfasis en los enormes templos, en los que la riquísima y prolija ornamentación barroca
parecía ser la expiación del inmediato pasado.
Las casas cuarteles fueron reemplazadas por palacetes llenos de
gracia, con sus alquerías interiores en las que se mezclaban los pilastrones del orden
jónico o toscano en las obras y el mudéjar en las de ladrillo. El nuevo Popayán, ciudad
redimida, encontró su camino muy especial de ciudad humanística.
El gran territorio del Cauca comenzó a dividirse y poco a poco
aquella provincia solitaria, poblada de alcores, fue quedando relegada muy al sur, con
pequeñas ganaderías y sembrados que a la postre se han convertido en la fuente de
ingresos de los nuevos señores de suave trato, lectores de versos, sutílmente
despectivos con el boato y la ostentación, que olvidaron a los esclavos como una
pesadilla, unos de ellos, José Hilario López, los liberó en toda Colombia.
Desde entonces Popayán ha comenzado a producir otra clase de
riqueza y con ella ha llenado de significación la historia nacional. Científicos,
hombres de estado, líderes revolucionarios, poetas, historiadores y grandes generales de
ejercitos libertadores.

Jaime Vejarano en su libro "Popayán Relicario de Colombia", dice en
referencia a este tema: Juan Flórez afirma que el poblado se llamaba así por el
cacique principal
-
Mientras Don Arcesio Aragón dice que puede
venir de la palabra Pampayán, esta se
compone de dos vocablos quechuas: pampa, cuyo significado es, valle, sitio, paso; y yan,
cuyo significado es río. Paso del
río, ya que por allí pasa el río Cauca.
Otro cronista antiguo decía que la palabra POPAYAN, se deriva de algún dialecto
autóctono americano como el Guambía y se descompone de la siguiente manera: po:dos, pa:
paja y yan: Caserío, o sea, dos caseríos de paja. Termina diciendo que aunque ellos no
estén de acuerdo, lo cierto es que Popayán es una palabra muy linda, y yo digo que decir
Popayán es evocar un universo entero de recuerdos.

La ciudad de Popayán está ubicada a 1737 metros sobre el nivel
del mar, en un extenso valle llamado, El Valle de Pubenza, de suaves colinas,
al que don Julio Arboleda le cantó así:
Hay un valle feliz; su tierra ondula
en contínuas y plácidas colinas
que la brisa, al pasar, besa y adula;
por este valle, en ondas cristalinas
el agua precipítase y circula
serpenteando entre flores purpurinas;
y al fin de aquel edén verde y riente
la ilustre Popayán alza la frente. |
Tiene una temperatura media de 19 grados centígrados y por lo tanto un
clima de gran suavidad, propio para el descanso y el estudio. Tiene 223.128
habitantes (1995). Está conectada con Cali, capital del
Departamento del Valle, por una autopista que atraviesa unos de los más variados y
espectaculares paisajes de Colombia.
Actualmente está en construcción la carretera pavimentada que
unirá a Popayán con la localidad de San Agustín, al sur del país, que con Tierra
Adentro integran el binomio del gran arte estatuario precolombino cuyo origen es aun un
misterio científico.

Una de esas gratas carreteras no
pavimentadas, que generalmente no figuran en las guías turísticas, puesto que en
ellas sólamente se ponderan los jets y las grandes autopistas, es la que de Neiva conduce
a Popayán. En su primera mitad a lo largo del Valle del Magdalena, que congrega
espléndida vegetación, prósperas haciendas y dilatados panoramas es vía alfaltada y
rápida, pero cuando trepa a la Cordillera Central y pierde el asfalto es cuando se
torna interesante. Por allí queda Paicol, un pueblecito con nombre de remedio, pero de
una contagiosa tranquilidad y corre el río de La Plata, tributario del Magdalena. En
estos lugares la música patria evoca tiempos idos.
Camino
viejo de mi vereda
por el que tántas veces pasé,
llevando al hombro mi taleguera
con mis cuadernos y mi pizarra
rumbo a la escuela de doña Inés.
Me acuerdo mucho que en sus orillas
crecía la malva, la clavellina,
las amapolas y el girasol,
y que las aves en la mañana
trinos cantaban llenos de amor." |
La vía trepa aún más, pasa de los 3.000 metros y cruza una ancha
meseta orejona de frailejones y reflejada en quietas lagunas, a la izquierda, entre plumones blancos y con evidencias en sus faldas
de pasadas erupciones, el Volcán Nevado del Puracé, una de las más notables alturas de
los Andes colombianos. Todo ese sector en torno al volcán es parque de reserva, al
cuidado del Instituto de Recursos Naturales.
Popayán de mis recuerdos
Al llegar a la cima de mi vida
y empezar el final de mi desvelo
te contemplo, ciudad, ciudad querida
a la luz más brillante de tu cielo.
Desde aquí, de esta cima de mi tiempo,
desde aquí extasiado te contemplo;
desde aquí te amo más entre más lejos
añorando tiempos viejos,
Popayán de mis recuerdos.
Sergio Rojas |
 Los tejados
Poema de Ricardo León Rodriguez Arce |
Profundos cañones, alturas de vértigo,
riquísima y variada vegetación del páramo y extensas zonas madereras completan el
asombroso conjunto. Luego otro pueblecito que recibe el nombre del volcán y luego, en
rápido descenso hacia la capital caucana.
En este trayecto se toca el Río Cauca, que acaba de nacer un
poco más arriba y se muestra todavía saltarín, juguetón y ruidoso. Aquí nos damos el
gusto de saltar de un solo brinco a este coloso de los ríos colombianos. Por estos
lugares se inspiró el Dr. Francisco Diago, para dejarnos su Sotareño, una de las
canciones que son como el himno nacional del terruño.
| El Sotareño , Bambuco
Autor: Francisco Eduardo Diago
Yerbecita de la montaña azul
que aromabas la puerta de mi hogar,
ya se fue quien te pisaba
qué hacés que no te secás!
Se oyen las flautas entristecidas en los
trigales,
gimen las brisas de abril en los gramales,
porque los ojos de linda espigadora
presto se llevaron la alegría de la siembra
y se la llevaron para nunca más volver.
Ay, para no volver!
Ay, sí, para no volver!
Pero el cielo con su palio
de luceros resplandecientes
dice que el alma de la zagala
vive con los querubes entre las nubes
de la alborada.
Y que radiosa surge la virgen diosa
y a los pastorcillos cuidará desde su trono
como a las ovejas que se amparan al redil.
Ay, para bien morir!...
Ay, sí, para bien morir! |

Luego al dar una vuelta, divisamos a Popayán.
Llegar descendiendo por este lado es hacerse a un sitio de
privilegio para deleitarnos en la contemplación de una de las más bellas ciudades
colombianas.
Ciudad de barro y cal. Añosas techumbres de casas color
gris, de las innumerables veces que el volcán ha dejado caer su lluvia de
ceniza y color ocre en las más modernas, y blancas, blanquísimas paredes.
Ninguna casa disuena en Popayán con otro color,
es una ciudad de luminosa tranquilidad y el aire de su atmósfera es transparente y
delgado; es un gigantesco museo de evocaciones en donde se siente el impulso de hablar en
voz baja.
La invasión del progreso se ha efectuado en Popayán casi a
hurtadillas, el sonoro aparato industrial y financiero esta vez no ha arrasado las casonas
, plazas y templos, como ha ocurrido en las demás urbes tradicionales del país, sino que
se ha ubicado un poco a la sombra, donde no hace mucho daño.
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